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sábado, 20 de diciembre de 2014

jueves, 18 de diciembre de 2014

UNA LANZADERA PRODIGIOSA. Prólogo de Lauro Marauda

Pocas veces uno encuentra tramas tan bien urdidas, que dan tanta razón al nombre de un libro y amplían los espacios de sugestión como estos relatos. En pocas oportunidades, se yerguen en tan agradables y mágicos círculos concéntricos.
La prosa de Margarita Heinzen posee la cualidad de algunos grandes cuentistas que sin altisonancias, con un tono pausado y atento a los detalles, como Anton Chejov o Raymond Carver, por mencionar dos casos paradigmáticos, hacen maravillas con pocos elementos. Con una papa, un boniato y un poco de zapallo, elaboran un exquisito puchero. Dotar de magia a un relato con dos o tres pinceladas, nunca sobrenaturales ni con retorcidas vueltas de tuerca no parece pues, un mérito menor de la autora. 
Se basan muchas veces en la infancia, desde una visión infantil, con sus carencias y respeto de los fenómenos inexplicables para esa edad (como el protagonista de "En sombras", que intuye la práctica sexual entre sus progenitores pero no puede confirmarlo ni concebirlo del todo y solo se limita a intentar cortar la situación, entorpecerla, frustrarla, como haría cualquier niño celoso). A veces hay una crítica indirecta, como el niño y su perro que asisten al talado clandestino de árboles, justo el fin de semana en que no trabajan los inspectores de la Intendencia. O en "La magia de las siestas", en que una irrupción de una nube de mariposas recuerda las panapanas de Brasil, o el episodio fantástico de Mauricio Babilonia, de "Cien años de soledad". La intertextualidad nunca aparece explícitamente ni hay citas de ningún tipo en la narrativa de Heinzen; sin embargo, resuenan tópicos literarios manejados con destreza y arquetipos que comprometen a lo más atávico de los relatos.Casas antiguas, tías recordadas con cariño como en "Pebeta de mi barrio" y desenlaces felices e infelices, nunca sistemáticamente negativos o positivos, como en la vida misma,  se suceden otorgando variedad y credibilidad al conjunto. 

Aunque se trata de cuentos en el más estricto sentido de la definición, con claras peripecias, desarrollos y finales, las historias incluyen muchas veces hechos y actos cuajados de sugerencias, verdaderamente poéticos. Y alguna sutileza filosófica alude a lo que encierra el título, desarrollando la idea del diseño y el dibujo general de las palabras, que consisten nada menos que en los vínculos que normalmente unen vida y destino. Así: "Nudo a nudo, lazada a lazada, parecía que un hilandero le iba tejiendo la vida", se dice de un personaje. Esta afirmación se proyecta con extrañas resonancias, si tenemos en cuenta que no es el único cuento donde el protagonista parece sometido a fuerzas ajenas, que lo transforman en un juguete en manos de una voluntad superior, o en el centro de imputación de un plan que alguien o algo trazó y nunca se tuvo en cuenta la libertad de elección del individuo. También aparece en más de un relato el hombre que no se anima a modificar un matrimonio desgraciado, o que abandona la mujer que lo hace feliz, por rutina o por cobardía. Se asegura de este modo una invencible desdicha. Heriberto Fontana, por ejemplo, sabía "Llenarse de cosas para prolongar la calma chicha". No sólo de antihéroes en su noción más contemporánea se trata; también de seres irresolutos que ya no alcanzan ni un chispazo de dignidad o recuperación de su autoestima. En el acertado merodeo de estos temperamentos frágiles y su plasmación literaria, reside buena parte de la eficacia y la verosimilitud del libro. No sobran ni faltan palabras. Lo ajustado del vocabulario y la adjetivación, lo económico de su utilización sin llegar a la aspereza o la rusticidad, demuestran un apreciable dominio del lenguaje, que se adapta a cada historia y sus necesidades intrínsecas. En "La boda de mi amigo" parece operar una de las más funestas leyes de Murphy, aquella que postula que si algo empieza mal, luego va empeorando en progresión geométrica. Un chaparrón con temporal que arruina una fiesta de boda al aire libre, se vuelve una concatenación de contratiempos y respuestas inadecuadas que apoyan a su vez un logrado cuadro de costumbres. El indolente narrador protagonista, devoto admirador de la novia pero incapaz de evitar su casamiento con un novio paralizado por la adversidad, conjugan sentimientos escondidos muy ricos. La incomodidad continua y la sensación de que no se puede redimir la fiesta malograda, metonimizan otros fracasos de la vida. En cuanto a "La extraña desaparición de la señora Valeria" representa una de las muestras más interesantes. No solo posee algo de trama policial (otra vez la trama...) sino que la multiplicidad de las versiones no coincidentes y complementarias sobre los mismos hechos, recuerdan el mecanismo utilizado en "Rashomon", llevado magistralmente al cine por Akira Kurosawa, o "Causa de buena muerte", el cuento de Mario Delgado Aparain donde conviven testimonios contradictorios e inconciliables.

Como se ve, la pluralidad de recursos narrativos y la seguridad en su utilización, multiplican argumentos en favor de una selección de cuentos que consolida el camino ya emprendido exitosamente en "De las mujeres soles". Otra vez aparecen las mujeres y las niñas protagonizando historias, temiendo a padres abusivos o sufriendo el mundo de los adultos, pero sin un feminismo marcado o que anteponga lo ideológico a lo artístico. Pocos localismos, apenas referencias a Ombúes de Lavalle, Santa Lucía, Palo Solo o la zona valdense de nuestro país, y un humor simpático, como el de "La cocina de la abuela", aparecen esporádicamente pero funcionan a la perfección. Heinzen sabe lo que hace, y deja que los hechos hablen por sí mismos. Nunca comenta la acción y recorre con pormenorizada delectación, zonas de la realidad inusitadas o poco transitadas. Sin fantasear, deja encantadas numerosas zonas de la experiencia humana, para beneplácito de lectores y gustadores de las buenas narraciones breves.
Con este nuevo paso, amplía su horizonte escritural y confirma varias cualidades que ya la habían elevado en grado sumo en su entrega anterior. Estamos ante una voz mayor de nuestra literatura, ahora ya no caben dudas.Y una mirada sensible e inteligente vuelve a posarse sobre las cosas y las existencias humanas. Sobre presencias muy cercanas, dubitativas, creíbles y queribles.

Hechas de nervio, carne y hueso.

Presentación del libro en Paysandú. Lo que dijo Mario Sarabí

LA URDIMBRE Y LA TRAMA
Margarita Heinzen

Dentro de las tantas razones por las cuales soy hoy un artista, un escritor, está la de no ser un buen orador, o por lo menos la de no sentirme buen orador en los momentos donde siento particular interés de serlo. Cuando me han humillado, cuando he escuchado el absurdo y la grosería y he querido refutarla, cuando he deseado defenderme o defender, he descubierto que soy muy locuaz, extremadamente agudo y capaz de esgrimir una ironía punzante y envidiable para responder; solamente con un defecto: la respuesta, me nace uno o dos días después del momento en que me fue necesaria. Cuando quise hablar, sude, tartamudee y siempre, dije sólo las partes idiotas que mi cerebro iba procesando del suceso. Por eso, he preferido escribir estas palabras, aun sabiendo que no me gusta leer en casos como éste, porque siento que sería más honesto y espontaneo si fuera creando el pensamiento en la boca, al decir de los dadaístas. Pero como advertí, mi pensamiento y mi boca tienen un puente de comunicación averiado, lo que pienso, nunca coindice exactamente con lo que digo. Una rivalidad más de mi personalidad. Nada que no haya podido solucionar con el arte, escribiendo sobre todo.
Ahora bien, durante una semana, más o menos, estuve pensando cómo presentar La Urdimbre y la trama, de Margarita. Ella me había insinuado la posibilidad de que hablara desde dos puntos de vista, no encajados, independientes: ser un escritor joven y ser del interior. La primera oferta la descarté. No creo ser un escritor joven, soy un escritor de poca edad que no es lo mismo. Habría que ver cuál de los dos, si Margarita o yo, es el más joven en este entramado y obcecado oficio de escribir. Sí soy del interior, o del exterior –depende cómo se entiende y quién rotula esa definición- de este país desde una coyuntura histórico-literaria, pero más aún soy un escritor del litoral. Un escritor del río Uruguay. Y quiero serlo. Porque así como Montevideo se inauguró como escenario literario de los uruguayos hace solamente algunas décadas, entre las orillas de la denominada generación crítica; así, seremos nosotros los que inauguremos el litoral en la narrativa nacional, y digo narrativa porque en la poesía y en la canción el río sabe ser protagonista, basta evocar a Sampayo o Víctor Lima. Seremos nosotros, porque no hay antecedentes previos reconocibles y reconocidos, los que delinearemos esa cultura del Río.
Una semana pensando sin resolver nada. Hoy jueves 18 de diciembre me tiré en la cama y encontré dos respuestas que para mí fueron reveladoras. Una: lo voy a escribir si no quiero arrepentirme de lo que dije; dos: la presentación de un libro no se trata de un análisis literario, ni del desmenuzamiento de un cuerpo para pretender hallar las razones de su existencia y justificarla. No. Presentar es poner a la vista algo para que pueda ser examinado con detenimiento por otro. Presentar un libro no es distinto a presentar una persona. Cuando presentamos una persona aportamos los datos meramente necesarios y abrimos el dialogo entre dos seres, un dialogo intimo en el que uno expone su personalidad y el otro la interpreta según sus propios juicios y prejuicios. Pero a veces, cuando presentamos, ofrecemos una información más subjetiva, algo que nos involucra con el sujeto presentado. Por ejemplo, decimos: Ella es Margarita Heinzen, es Ingeniera Agrónoma. Y agregamos. Es mi amiga.
Desde esas coordenadas es de donde pretendo presentar este libro, La urdimbre y la Trama. Desde el subjetivismo de decir: este es un libro muy esperado por mí. Y Margarita es una escritora muy esperada. Por qué: primero porque es literatura. No es un ejercicio del aburrimiento ni del ocio. No es un intento fallido. Puede ser más o menos bueno según el lector y según los sabores y aromas que el lento leudar del tiempo vaya despertando. Pero todos vamos a coincidir en un punto esencial: estamos ante una obra literaria con el mérito que ese título implica. Y en esto, al menos yo, soy irreductible. Si no hubiera sido así, yo no estaría acá. En segundo lugar, Margarita y su obra son muy esperadas porque Paysandú necesita escritores. Hay otros departamentos, en algunos casos demográficamente menores y no tan heroicos, menos necesitados que éste en acumular nombres y títulos. Pongamos como ejemplo Salto o Tacuarembó, acaso los departamentos más citados a la hora de pretender ilustrar la literatura nacional. Paysandú, por lo menos en el ámbito literario, está muy lejos de estar a la altura y cumplir hoy, con la cultura pujante de la que se habla en los folletos y libros de historia y que hace referencia a un pasado, como si fuese un maracaná que quedó demasiado lejos. Está Megget, está Carlos Caillabet, estará en algún tiempo, eso creo, Oscar Tortorella y algún otro que estoy olvidando citar o que todavía no conozco. Como verán, las certezas son mínimas, pero eso no sería tan trascendente si no fuera porque las posibilidades  son pocas, muy pocas. Ahora está Margarita, y se agradece que esté, que haya surgido y amplíe nuestras posibilidades de contribuir al enorme y preciso mapa de la historia de nuestra cultura y nuestro tiempo, ese que solamente es capaz de contar el arte en general, y la literatura en particular. Y vale decir que nos interesa o debería interesarnos contribuir a ese mapa, porque es el único eficaz en describir y conservar la peripecia y la evolución de los pueblos y revelar su alma.
La sociedad sanducera le da la espalda a sus escritores como Buenos Aires le da la espalda al río. Por eso el Río es sólo nuestro, no por el nombre ni porque nos hayan correspondido los atardeceres. Es nuestro porque nosotros supimos aplaudirlo así como algunas ciudades y sus hombres supieron y saben aplaudir a sus artistas. Nosotros no aplaudimos a nuestros escritores. Tal vez mañana, hoy que leo estos apuntes, la sala esté repleta o por lo menos haya muchísima gente. Y eso me alegra enormemente por Margarita, pero no puedo dejar de recordarme y poner en evidencia que esta no es la realidad que circunda la literatura local: sus recitales, sus presentaciones de libros. ¿Cuántos de nosotros vamos a la librería y entre un Pablo Coelho y un Carlos Caillabet, nos decidimos por Caillabet? ¡Ni siquiera tenemos un premio! No voy a decir por qué sucede esto porque no me compete, porque puedo equivocarme o puedo parecer grosero y no es mi propósito. Solo voy a decir que el motivo, es evidente, no es estrechamente un libro de cuentos, no es aplaudir un escritor. Y creo que, mientras eso siga siendo así, mientras les demos la espalada, seguirán y seguiremos siendo escritores del interior. Con todo el desasosiego que eso significa. Hace poco, uno de los responsables de Estuario editora me dijo: viste que la literatura uruguaya está como en auge. Le respondí: no, la literatura uruguaya no, la literatura montevideana. Y agregué: Si estoy equivocado, decime qué porcentaje de escritores del interior publican ustedes. Solamente dos, tenían para ese momento. Hace un año. Lo malo es que no es culpa de ellos. Por lo menos no totalmente.
Eso es, más o menos, lo que puedo decir desde mi papel de escritor del interior, del litoral.
Está, también, si el escritor del interior escoge o no su terruño como escenario de su obra, pero esa es una baraja que no pertenece al mazo que hoy nos incumbe. Diré, solamente, que la obra de Margarita no huele a río, a veces huele a interior, a lo que entendemos por interior del Uruguay. No siempre. Eso no es ni bueno, ni malo, es una elección que no está estrictamente ligada al concepto de escritor del interior.
Ahora voy a hacer lo que me pidieron hacer, presentar “La urdimbre y la trama”, el esperado libro de cuentos que llega para confirmar el trabajo y la responsabilidad que Margarita Heinzen asume como escritora.
Antes que nada, hay que decir que se trata de un libro de cuentos en un país muy bien posicionado en Latinoamérica y con una larga tradición cuentística. A contrapelo de lo que todos sabemos: que el cuento como la poesía, no vende; que las editoriales se resisten a publicar libros de cuentos; una buena porción de las obras que se publican en Uruguay son de cuentos. Y cada escritor de cuentos de esta tierra prodigiosa de escritores, si consideramos su tamaño y su población, sabe y conoce (o por lo menos debería) lo que ya está hecho, lo que tenemos atrás y nos avala: Espínola (Qué lástima, Rodríguez…); Quiroga (La gallina degollada, A la deriva…); Onetti (Bienvenido Bob, Un sueño realizado…); Arregui (La mujer dormida…); Armonía Somers (El derrumbamiento…); Morosoli (El viaje hacia el mar…); Levrero (La máquina de pensar en Gladys); Felisberto Hernández (El cocodrilo, El acomodador…); por citar algunos, solamente algunos, de los nombres y los cuentos que nos representan. Sin contar autores más recientes como Trujillo o Delgado Aparaín.
Con ese panorama, vale decir que La urdimbre y la trama, es un bello libro de cuentos, de una escritora capaz de esgrimir un lenguaje despojado, seguro, eficaz para construir una estructura coherente, verosímil, una estructura firme, sostenida por una maravillosa virtud del género, el misterio. Un enigma pequeño, cotidiano, pero intrigante; que a veces, se nos instala en la piel con un solo pinchazo, una palabra, una frase que nos descoloca e instaura la maravilla. Por cierto, Margarita, no siempre nos ofrece agua y cumple con darnos de beber. Hay cuentos que nos dejan con sed, con el cosquilleo del misterio latiendo todavía después del final. Cada cuento de Margarita, desde el inicio, enciende una hoguera fría, neblinosa de misterio que hace que el lector avance por el cuento y no se detenga hasta descifrarlo. Esa es, entre otras, la gran peripecia del cuento corto y este libro es un conjunto de ejemplos de cómo se logra. Así dejo presentado este libro, los invito al exhaustivo examen que merece, a disfrutarlo y darle vida. Porque un libro no es un libro hasta no ser leído.